El Escritor

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25.4.07

El humor es cosa seria

Estamos serios.

Es por culpa de sant jordi, San Jorge, el día del libro en Barcelona.

Y de la edad, me temo. Cuantas más cosas sabes, y más edad tienes, se encuentra menos sitio para el romanticismo en las buhardillas y el tiempo pasa tan rápido que ya sólo leo cosas de humor y la crítica -toda la crítica con fiera y todo- sólo aburre. Y hasta el humor se convierte en sarcasmo, y la mirada se afila y se hace cínica. Y a veces lo llamo Spleen, porque algo queda siempre de quienes fuimos. O peor aún, de quienes quisimos ser.

Pero es cosa seria. Sí.

Hace que no escribo para mi como mil años. O eso me parece. Dejar correr los dedos sobre el teclado y recobrar la sensación aquella con sonrisa y todo de que estabas haciendo algo que luego leerían otros. Esos. Gente con otra mirada distinta, no cínica, poco afilada, diferente. Escribir y preguntarte para quién escribes mientras escribes porque piensas en ellos, quieras o no, como una voz detrás; un apuntador cabrón con martillo de oído interno que supera al sonido de las teclas y el propio ruido del pensamiento largo que hace que sigas escribiendo así, sin planes. Sólo para escucharte. Quizá...

Hay que matar al apuntador y que no quede nadie. Sólo tú, las palabras y el albedrío necesario para elegirlas rápido y ponerlas unas tras otras. Pero el proceso ya no es el mismo porque perdí algo en algún momento del camino. Sé que está aquí. En algún lugar estrecho entre las palabras y el espacio blanco detrás de ellas. Y sé, de alguna manera, que puedo invocarlo y escribir así, como antes. Y decir cosas y contar historias como me gustaba contar las historias.

Cómo me gustaba contar historias...

Y repetir las frases con diferentes inflexiones. Hacer sonar mi voz tras las palabras y amedrentar, encoger, hacer llorar o reír.

Pero como tú, miro las novedades en los estantes de las librerías y ojeo los productos del mercado con el ojo que le echaba mi madre al ajo y la mano apretando la cabeza; para ver si estaban duros. Y no. Sabemos que es mierda puta blanda e histórica y llena de enigmas basura bien envuelta en papel catedral. La historia de los laboratorios. Creo que fue Hoffman, el del LSD, el que dijo que cuando se conociera la historia oculta de los laboratorios la gente le pegaría fuego a todo. Pero si ya sabes que los libros los hacen en laboratorios... Como monstruos confeccionados de retales de cadáveres. Monstruos eléctricos sin cerebro ni dragón. Sant Jordi siempre me deprime. Salvo las fotos.

Convenzo a L. para callejear el gótico y el raval y descubrir paradas de viudas con chal y los libros del difunto expuestos en desnudez postrera . En esas paradas hemos comprado por 30 euros ocho libros escogidos, ninguna novedad. Lo moderno me da risa. Los libros, como los difuntos, necesitan reposo.

Cuando hablo con los autores, entrevistas para la revista, los descubro felices firmando sus tristes cuarenta libros hora a los despistados. No saben que los superventas no perdurarán en la memoria.

Sólo nos queda el humor. La ferocidad de la parodia y la sabia sátira para señalar, mejor con una aguja, los ojos de las amebas literarias.

Pero, ya sabes, el humor es cosa seria.

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